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| El árbitro goleador |
| Una sección dedicada de manera
íntegra a los relatos más insólitos del deporte. Personajes,
anécdotas, frases... Para comenzar, la historia del árbitro
central que cumplió el sueño de anotar un gol a estadio lleno,
pero no pudo festejarlo y quedó para la posteridad. |
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Hizo
el gol y tardó una eternidad en llevarse el pito a la boca. No
tuvo más remedio que dar un soplido y levantar el brazo,
señalando el centro de la cancha. Los jugadores se le fueron
encima, no era para menos. Todo el Morumbí se le fue encima. Le
exigían una explicación que nunca encontraría. Perturbado como
un director de orquesta que perdió la partitura, se sacaba de
encima las protestas con un movimiento de brazo. Tenía la boca
seca y cara de trágame tierra, no era para menos. En el largo
camino hacia el centro del campo, acompañado de reclamos e
insultos, giró la cabeza y divisó al arquero, increíblemente
vencido, yendo a buscarla adentro. Tal vez por un segundo,
recordó las tardes en las que se creía Pelé y soñaba con hacer
un gol en el último minuto. Es que en definitiva, el árbitro
José de Assis Aragao había concretado el sueño de todos los que
tienen la fortuna de pisar una cancha de fútbol: meter un gol.
Aragao vive hoy en San Pablo. Cuenta que el poco
tiempo libre del que dispone lo pasa con su mujer, sus cuatro
hijos y sus dos nietos. Tiene 64 años y una larga trayectoria en
el arbitraje. Después de retirarse tras 18 años de carrera, fue
presidente del Sindicato de Arbitros de Brasil y actualmente
preside la Asociación Nacional de Arbitros de Fútbol (escuela de
árbitros brasileña). "El arbitraje me dio grandes
satisfacciones. Me permitió conocer todos los países
sudamericanos; visitar Europa, y en especial el Vaticano, donde
fui recibido por el Papa Juan Pablo II. Fue una carrera
maravillosa en la que hice muchos amigos".
La tarde en la que Aragao hizo un gol en las circunstancias
menos indicadas, pasó a ser conocido como el juez artillero. Fue
el 9 de octubre de 1983 y se jugaba el clásico Santos—Palmeiras,
por el torneo Paulista. Con un agónico gol de Lino, a sólo
cuatro minutos del final, Santos se había puesto 2—1 y ya nada
podía cambiar el resultado. En el Morumbí se festejaba
brasileñamente (samba, carnaval, etc.) y el partido era cosa
liquidada. Pero en los últimos minutos, el Palmeiras probó con
un par de apresurados centros, de ésos que terminan en la cabeza
de los defensores rivales y en lamentos de los hinchas propios.
Ya se jugaba tiempo de descuento, cuando pasó lo impensado.
Todo
empezó en un córner desde la izquierda. Era la última jugada.
Iban 46 minutos. Vino el centro alto, desperdiciado. Marcio,
defensor del Santos, despejó. La pelota quedó en el área y
Jorginho, delantero del Palmeiras, no tuvo mejor idea que patear
al arco. Le salió un tirito. Se iba afuera. Pero no.
El periodista Alexis Sabino, recuerda: "Jorginho le dio como
venía. La jugada encontró a Aragao al lado del palo derecho del
arquero Marola. El árbitro estaba con un pie prácticamente fuera
de la cancha. Intentó saltar para esquivarla, pero fue inútil:
la pelota le dio justo en un pie, con tanta desgracia que fue a
parar al lado del otro palo. El arquero, pobre, no entendía
nada. Jamás vi una cosa igual en una cancha de fútbol. Lo
curioso, además, es que todos los Santos—Palmeiras de esa época
terminaban 2-2 y ése, gracias al gol del juez, no fue la
excepción. Que un árbitro haga un gol, y encima en el último
minuto de un clásico, parece cuento. Pero ocurrió".
José
de Assis Aragao tenía una buena pegada. En su infancia, había
atajado en varios clubes barriales de Sao Paulo. Le decían
Canarinho y su ídolo era Pelé. Pero si hubiera querido poner la
pelota donde la puso aquella tarde en la que convirtió un gol,
seguro la habría mandado a la favela más lejana o al Cristo
Redentor de Río. Aragao, con una precisión digna de Ronaldinho o
Kaká, la acomodó junto a un palo. Y no lo podía creer. "Si había
un pozo en el Morumbí, con certeza me habría metido ahí y no
salía más. Estaba tan mal que cuando el partido terminó,
abandoné el campo dispuesto a dejar el arbitraje, me fui
convencido de que no iba a seguir dirigiendo. Pero el presidente
del Santos, Ernesto Vieira, me persuadió para que continuara, me
dijo que dejar sería una gran tontería".
Aquella tarde, Aragao se fue del estadio entre la desazón, caras
de asombro y mil insultos. "Lo más increíble es que después de
más de 20 años, este episodio se sigue comentando en todos los
lugares por donde paso. Y una cosa que fue muy difícil para mí,
resulta ser hoy un recuerdo bueno que siempre inicia alguna
charla o debate".
—Aragao, entre tanta confusión, ¿a quién le anotó el gol?
—El gol no me lo anoté a mí, je. Se lo anoté a Jorginho, que fue
el que pateó. Sin dudas hacer un gol fue lo más increíble que me
pasó en un partido. |
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especiales@futboltico.com |
| Fuentes: Diario Olé (Argentina), Diario
Lance! (Brasil) |
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