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| El desafío de la blancura |
| En el fútbol brasileño de principios
de Siglo XX se discriminaba a los negros. Arthur Friedenreich
era mulato. No podía jugar, pero se maquillaba con polvo de
arroz y pasaba por blanco. Tremendo... |
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Observó
sus manos y encontró el espejo. Se le prendió la lamparita
craneal. Allí, sus ojos verdes destellaron en la tez morena.
Comenzó el ritual. Sus compañeros lo escudriñaron, entre
burlones y curiosos, como no creyendo lo que estaba ante su
vista. Es que costaba creerlo, cuesta creerlo. Aunque dándole
paso a la historia registrada, cualquier cosa es posible. El
hombre tomó con sus dedos suficiente brillantina y
se alisó su pelo enrulado. Luego, ante las miradas atónitas,
se maquilló el rostro con un polvo blanco. Blanquísimo. Era
polvo de arroz. Entonces, Fried fue el último en salir a la cancha, como
siempre.
Es que Edson Arantes do Nascimento marcó en el Mundial de
Suecia 1958 un antes y un después en la historia del fútbol
brasileño. Pero hubo un tiempo en que la verdeamarelha sólo
debía estar integrada por blancos. Sí, a principios del Siglo
XX y fiel a su origen inglés y elitista, la pelota comenzó a
rodar en los clubes elegantes de Sao Paulo y Río de Janeiro.
Arthur Friedenreich había nacido en 1892. Hijo de un inmigrante
alemán y una lavandera negra, hija de esclavos, fue un mulato
alto para la época (medía 1,75), que siguió los consejos de su
padre y en 1909 debutó en el Germania, un club de la colonia
alemana y de la sociedad paulista. Luego, pasó al Ypiranga y más
tarde al Paulistano. Para entonces, ya se advertían sus dotes de
centro-delantero goleador temible, creativo, de dribbling corto y
letal y dueño de un remate fuerte y preciso con ambos pies.
Hubiera
sido el primer crack negro del fútbol brasileño. Pero los
prejuicios raciales y el tristemente célebre mito de la
superioridad del hombre blanco aún dominaban la esfera social.
No había transcurrido mucho tiempo de la
abolición de la esclavitud de la raza negra, y los resabios
colonialistas se hacían carne.
A comienzos de 1919, asumió la presidencia de la república
Epitácio da Silva Pessoa. Durante su mandato tomó una medida tan
aborrecible como insólita: la Confederación Brasileña de
Deportes debía evitar la convocatoria de jugadores negros para
integrar la selección. En el libro "Vencer o morir: fútbol,
geopolítica e identidad nacional", de Gilberto Agostino,
publicado en el 2002 en Río, el autor asegura que el mandatario
fundamentó su decisión en la idea de que el ser negro implicaba
un "motivo de "vergüenza", y que temía que pudieran ser llamados
"monitos" por los argentinos... Pessoa gobernó Brasil hasta
1922.
La organización del Sudamericano de 1919 recayó en Brasil. En el
debut en el torneo que sería el germen de la Copa América, los
locales golearon 6-0 a Chile y Fried (el Tigre, como lo habían
apodado la prensa argentina y uruguaya) metió tres goles. Luego
derrotaron a los albicelestes por 3 a 1 y empataron 2 a 2 con los
charrúas, lo que obligó a un nuevo cruce definitorio con
Uruguay.
En el estadio de Fluminense, y tras tres horas de juego, ya que
se disputaron dos alargues de 30 minutos cada uno, el Tigre
marcó de volea el gol de la victoria y de la copa. Fue llevado
en andas por los alocados torcedores, que fueron testigos del
primer título internacional de su selección. Al día siguiente,
el botín y la media del goleador del torneo fueron expuestos en
una tienda de Río. Lo había logrado: Arthur fue el último en
ingresar en la cancha, también en abandonarla...
El Enamorado de América era otro de sus
seudónimos. Se trata, en sí mismo, de caja de leyendas. De su foja se desprende que: jugó durante 26 años y
se retiró a los ¡43!, en 1935, con la camiseta del Flamengo; logró
en siete ocasiones el torneo paulista y fue nueve veces su
artillero, marca luego quebrada por Pelé; conquistó los dos
primeros títulos con la selección (copas América 1919 y 1922).
Y lo más sorprendente: se sostiene que anotó 1329 goles en
1239 partidos, algo que siempre despertó polémicas, puesto que
algunos aseguran que se perdió o que no existe la documentación
que avale tamaña cifra. Que, de paso, supera a la del mismísimo
O Rei: 1.280 tantos.
Lo cierto es que Fried, según cuentan,
denostaba los prejuicios raciales pero, a la vez, intentó
integrarse y formar parte de la alta sociedad: fuera de la
cancha, bebía coñac francés, fumaba habanos y vestía con
elegancia. Luego del retiro, sobrevino, entre otros, un trabajo
como inspector de ventas para la Compañía Antárctica Paulista
hasta los 71 años. También combatió al profesionalismo porque
creía que los jugadores ganaban demasiado dinero y murió en la
miseria, en un apartamento que le había donado la ciudad de San Pablo,
en 1969. Claro que para ese entonces, O Rei Pelé, ya había
mutado en leyenda. |
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especiales@futboltico.com |
| Fuentes: Diario Lance!, O Globo, Olé,
"Vencer o morir". |
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