Hay amores que matan
La historia de Attilio Romero, un fanático del Torino que soñaba con conocer a Luigi Meroni, delantero derecho y gran ídolo del club, pero que al verlo lo atropelló accidentalmente con su auto y... lo mató.
  
Cuando Attilio Romero, fanático del Torino, finalmente pudo cumplir su sueño de ver de cerca a Luigi Meroni, su máximo ídolo y crack del fútbol italiano de los años 60, lo vio tan pero tan de cerca que no logró esquivarlo y lo mató con su auto. Era la tarde del 15 de octubre de 1967 y el Torino le había ganado 4—2 a la Sampdoria. Luego del partido, Romero salió del estadio Comunale. Iba en auto rumbo a su casa. Meroni, que había jugado ese partido, también salió del estadio. Iba camino rumbo a su muerte. La encontró en la calle Re Umberto de Turín: cruzó distraídamente y cuando escuchó la frenada no tuvo tiempo de nada.

Antes de ser atropellado por su hincha más fanático, Luigi Meroni había sacudido a toda Italia. Era un puntero fantástico. Había nacido el 24 de febrero de 1943, en Como, y era un bohemio que cada domingo se disfrazaba de jugador de fútbol. Con la 7 en la espalda, vivía pegado a la raya y a las extravagancias. Dicen que por las elegantes calles de Turín se lo podía ver sacando a pasear a... ¡una gallina! Sus rivales lo recuerdan como "un puntero estilo Garrincha o Best. Muy habilidoso. Chiquitito y rápido. De esos capaces de driblar dos veces al mismo defensor. Un tipo muy habilidoso, muy lírico. Podía pasarse al arquero y, con el arco vacío, esperarlo para volver a dejarlo plantado en el piso".

Como historia circundante, Meroni dejó también plantada a su novia, Cristiana. No la desparramó en el área pero la dejó echando raíces y lágrimas frente al altar. Estaban de novios y vivían juntos. Meroni no era precisamente lo que un padre puede desear para la niña: escuchaba a los rebeldes Beatles, amaba el jazz, y tenía la melena y la lengua insolentemente largas. Pero la familia de la chica no podía tolerar de ninguna manera que vivieran juntos sin estar casados y, como Dios manda, los habían obligado a ir al altar. Pero Meroni no fue al altar: fue a la tapa de todas las revistas que se hicieron un banquete con este desplante.

Meroni era así. Vivía con el desdén de los artistas. Es que era eso, un artista. Dentro y fuera de la cancha. Como buen artista, pocas veces bajaba de la Luna. Una de esas veces fue cuando le cayó del cielo al pobre Romero que, aferrado al volante y a un sentimiento desgarrador, lo atropelló. Romero vio que algo salía de ninguna parte y no tuvo tiempo de frenar. No supo que se trataba de su ídolo hasta que bajó del auto y vio ese rostro cruzado por aquellos inconfundibles bigotes zapatistas. Era Luigi Meroni. Era el crack. Era el tipo que estaba en los pósters con los que había empapelado su habitación.

"Se me echó encima, no sabía quién era hasta que al bajar del vehículo lo vi tendido en el suelo —contaría Romero años después—. Enseguida llamé a mi padre, que era médico. Fuimos al hospital pero no se pudo hacer nada". Horas más tarde, Meroni murió en el hospital Le Molinette. Como a la mayoría de los ídolos la muerte le había llegado antes de tiempo: tenía apenas 24 años.

Antes de atropellar a su máximo ídolo, Romero era un joven de acomodada familia. Tenía 18 años y vivía en Turín. Seguía al Torino a todos lados y su devoción por Meroni era tanta que años después del accidente reconocería: "Mi cariño hacia él era tan solo superado, y por poca distancia, por el que tenía hacia mis padres". Romero, incluso, se vestía y se peinaba como Meroni. Sí, lo imitaba al punto de que muchos lo confundían con el propio Meroni y lo paraban en la calle para que les firmara autógrafos. El funeral fue todo un acontecimiento. Miles de personas despidieron al ídolo por las calles de Turín y el féretro fue exhibido en el centro del estadio.

Luego del accidente, Romero cayó en una profunda depresión nerviosa de la que salió tiempo más tarde, ayudado por su padre, especialista en estas enfermedades. Treinta y cuatro años después de aquel día fatal el destino le hizo un guiño: el empresario y amigo suyo, Francesco Cimminelli, compró el club y le ofreció la presidencia. Romero, que trabajaba hacía 27 años en el departamento de relaciones externas de la FIAT, aceptó el puesto. Y bajo su presidencia el club logró dos ascensos (01/02 y 04/05). Prácticamente pasó de atropellar y matar a su máximo ídolo a pasarle por arriba a los rivales con su pasión. Tremendo.
 
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Fuentes: Diario As, Olé, La Reppublica, Corriere della Sera, Forza Torino