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| La carrera inimaginable |
| Hace unos días se cumplieron 52 años
de la tragedia de Le Mans: Un total de 83 personas murieron
cuando un auto se incrustó en la tribuna. Fue tan duro que Suiza
incluso prohibió las carreras hasta el día de hoy. |
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"Sé
que hay 40 muertos. Pero el total alcanzará, al menos, los 70.
Muchos de los heridos quedaron tan mutilados que no
sobrevivirán. Jamás conoceremos el costo que pagará el deporte
por esta catástrofe. Luché durante toda la Segunda Guerra
Mundial, pero jamás vi una matanza similar", fueron las palabras
desgarradoras de un alto funcionario policial francés,
ensangrentado hasta los codos, cuando hablaba al periodista de
AP. A su lado, un pequeño tractor de un granjero de la región de
Le Mans cargaba tres cuerpos. Inertes.
El sacerdote (quien nunca más apareció) levantaba las hojas del
programa oficial que hacían de cubredifunto, observaba
el rostro y elevaba una oración al Señor. Una pila de dos metros
de tenis, zapatos bien lustrados, trajes de primera línea,
periódicos en francés y en inglés, carteras, paraguas y
bastones, completaban la cruenta escenografía. Y 83 muertos, no
70. Con Pierre Levegh (su verdadero apellido era Bouillon, pero
llevaba Levegh ya que era el nombre de un viejo tío suyo, ex
piloto) incluido. Fue el último cuerpo reconocido por la
Policía. La herida más profunda del automovilismo acababa de
consumarse y dejaría una cicatriz profunda, todavía sin currar.
Como diseñada por un cerebro macabro. ¿Falla humana o simple
destino?
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Era 11 de junio de 1955, las 18:28. Casi dos horas y
media de las 24 de Le Mans. Desde esa época, los repostajes de
combustible en boxes habían ganado terreno en las estrategias. Y
para ese momento se anunciaban los primeros, los de los líderes.
Por eso el público se abarrotó frente a la zona de boxes. Niños
y mujeres llevaron hasta banquetas para trepar y tener una mejor
visión. Nunca se imaginaron la muerte en los segundos
siguientes.
Michel Bonté, ahora anciano periodista y por esa época
corresponsal de Le Maine Libre, cuenta con agua salada en sus
párpados, casi por caer por sus mejillas. Sus arrugas se mueven
al compás de sus dedos: "Fue un duelo de titanes, con honores de
por medio. Hawthorn, con un Jaguar inglés, quería ganarles a los
autos alemanes a toda costa. La Segunda Guerra aún estaba viva.
El circuito estaba preparado para autos de preguerra, no de
posguerra. Por eso no había buenas protecciones: sólo dos
tablones de madera separaban a un bólido a 320 km/h del público".
"Más tarde, el accidente. Una tragedia mundial. Aún hoy no hay
datos reales de por qué ocurrió semejante accidente. Se dice que
la primera explosión del auto de Levegh fue en el aire y lo que
más mató fue la onda expansiva. Siempre se pensó que había algún
líquido extraño (¿nitrometano?) en los tanques de los Mercedes-Benz.
Pero el general De Gaulle (presidente de Francia), que intentaba
restablecer la amistad francogermana, prefirió no revolver
viejas heridas con una investigación más minuciosa", detalla.
Hasta hoy, según confiesa el experimentado cronista, hay tres o
cuatro listas oficiales de los muertos en esa carrera. Ni el
Ministerio de Salud se puso de acuerdo. La más conocida es la de
83, contando a Levegh, pero otras hablan de 79, 80 y 85.
El toque entre Levegh y Macklin hizo que la "Flecha de Plata" se
incrustara casi en la tribuna. El motor y el tren delantero,
desprendidos de la masa de hierro incandescente, fueron
segadoras instantáneas de cabezas, brazos y piernas. Había
250.000 almas ese día. La competencia se neutralizó, pero siguió
hasta completar el día de carrera, como lo establece la
tradición. Con una curiosidad: Mike Hawthorn, quien inició la
trágica maniobra, fue el ganador.
El argentino Juan Manuel Fangio, que pasó de milagro por un
hueco en pleno accidente (finalmente, rozó al auto de Macklin,
que ya había impactado contra el guardrail), iba en
punta junto con Stirling Moss, su compañero. Una dupla de lujo.
Pero a las 2.10 de la mañana del domingo, una llamada del doctor
Fritz Konecke, gerente general de Mercedes-Benz y reunido de
urgencia en Stuttgart, obligó al equipo a retirarse. Alfred
Neubauer, que comandaba las Flechas de Plata en pista a puro
cartel, hizo juntar todo rápido y abandonar el templo francés de
la velocidad. A los pocos días, Suiza anunciaba la prohibición
total de las carreras de automovilismo dentro de sus fronteras. |
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especiales@futboltico.com |
| Fuentes: "Le Parisien", Motor Racing, Olé. |
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